5 de diciembre de 2011

La historia de América se vuelve a escribir en Caracas


Nace en la Caracas bolivariana la CELAC, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe. La organización de la América del Sur, desde México a la Tierra de Fuego, del Caribe a las Malvinas, que se hace mayor de edad, que aprende de otros modelos pero renuncia a seguir imitándolos, que regresa a Cuba a los organismos latinoamericanos después de que Estados Unidos  decidiera expulsar de la OEA a la revolución cubana, que recupera para la región la soberanía que no tuviera en su día para oponerse a los dictados del norte. Adiós al “ministerio de colonias”, como llamó el Che a la Organización de Estados Americanos. Bienvenida, con todos sus retos, la unidad latinoamericana.

Se han reunido 33 países, casi 600 millones de personas con prácticamente la misma lengua (el “portuñol” tiene la generosa voluntad de incorporar a Brasil a la aventura), con las mayores reservas de petróleo, gas, agua, biodiversidad y cultura ancestral del planeta. También, por eso, el más amenazado.  33 países con gobiernos de diferentes ideologías, pero que han entendido que en el modelo neoliberal, invariablemente, el pez grande se come al chico. América Latina, incluido México, Chile y Colombia, han empezado a mirar hacia el Sur. Cuánto esfuerzo popular les ha costado, desempleo, trabajo precario, violencia, narcotráfico, armas, deuda. Es desesperante ver que las condiciones objetivas siempre tengan que cobrarse ese alto precio en infelicidad de los pueblos. Un continente unido tiene más probabilidades de aprender de las experiencias compartidas.

Estados Unidos desprecia el nacimiento de la CELAC. La CNN lo apoya y la derecha europea se pone, como siempre, de lado, preguntándose en voz alta si un continente al que siguen viendo como menor de edad  puede resolver los problemas financieros, comerciales, de drogas y armas sin los Estados Unidos. Claro que puede. De hecho, sólo pueden resolverse sin los Estados Unidos, el principal productor de armas, el principal consumidor de drogas, el impulsor de tratados de libre comercio o de golpes de estado para conseguirlos, el que pide apertura de fronteras a sus productos pero cierra las propias. América Latina ha recuperado su voz. Y ha decidido no hablar en inglés.

Pienso, en este día lluvioso, como debieron sentirse los opositores a Fernando VII en el Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826. Han pasado casi doscientos años. La paciencia de este continente, como escribió García Márquez, se mide por centurias.  Alegrándome enormemente de que el continente se una y libere de las tutelas de quienes no le han dejado volar. Apenado porque la España oficial haya sido incapaz de entender lo que está pasando en la América del Sur y no sepa acompañar este proceso. Europa se construyó contra el fascismo. América, contra el colonialismo ayer, contra el imperialismo económico y militar y la debacle neoliberal hoy. Su éxito al erguirse hace que ya sea imposible en América Latina ser demócrata y no ser antiimperialista, ser demócrata y no ser, en algún grado, anticapitalista. El Chile de Piñera, el México de Calderón, la Colombia de Santos también han estado en el nacimiento de esta nueva organización. Pese a representar las antípodas del modelo socialista que intentan Venezuela, Ecuador o Bolivia.

Chávez ha cumplido con la Constitución bolivariana, que obliga a caminar en pos de la integración. Lo ha hecho con tiempo, con perseverancia y con coraje. Ha alimentado durante más de una década la necesidad de la unidad para frenar al enemigo de la integración: el colonialismo económico. ¿Se entiende ahora la insistencia de Chávez en mostrar a los Estados Unidos como el “demonio”, azufre incluido, que conspiraba contra la democracia latinoamericana? Sin un enemigo, no hay integración, pues la fuerza de la tribu y las insidias fragmentadoras de los poderosos impiden pensar más allá. Sólo cuando los pueblos y sus gobernantes han entendido que hay un enemigo superior a los que les inventaron durante dos siglos, han podido dar este paso hacia la unión. Lula lo entendió desde el principio. Por eso estuvo en La Habana al día siguiente de la lamentable muerte por huelga de hambre de Orlando Zapata. Para decirle a los Estados Unidos y a la Europa con la tentación de la inocencia que América Latina solventaba por sí sola sus problemas.

El nacimiento de la CELAC no  viene de la nada. Estaba en Bolívar (“Por el camino de los libertadores” es el nombre de la Cumbre) y en Martí y Artigas. Es parte constante de esa referencia para la historia que es Fidel Castro. Es el grupo de Contadora -que nació para solventar entre latinoamericanos el problema creado por Estados Unidos al sembrar decenas de miles de mercenarios, la Contra, en Nicaragua-; es el grupo de Río y la derrota del ALCA en Mar de Plata gracias a los oficios de Néstor Kirchner; es ALAC, ALADI, UNASUR y la ALBA; es TeleSur, Petrocaribe, el banco del Sur, el SUCRE… Y también las luchas emancipadoras de doscientos años, las guerrillas de liberación, Zapata y el Che, Sandino y Pétion, y también Eduardo Galeano y Jorge Amado, Mercedes Sosa, Chico César y Quilapayún, Pino Solanas y Gutiérrez Alea, Silvio, Pablo y Alí Primera. Muchos intentos, muchas zancadillas y un objetivo que ahora, por fin, es alcanzable.

Caracas ha visto recuperar parte de la mística de la revolución que a veces parece perdida. Caraqueñas y caraqueños ayudando a limpiar, pintar, ordenar, conscientes de que su ciudad está volviendo a escribir la historia y dispuestos a regalar su tiempo y su esfuerzo para poner su granito de arena en este momento. Si en la Unión Europea el grupo “duro” coincide con los más ricos y neoliberales -Francia y Alemania-, en la CELAC el núcleo impulsor le corresponde a los que apuestan por la generosidad, la complementariedad, la ayuda mutua: los países de la ALBA. Unos, en Europa, queriendo excluir. Otros, en Suramérica, ayudando a que quepan los más débiles.

Queda, sin embargo, mucho por hacer. Los mecanismos de toma de decisión se están afinando; las grandes líneas están consensuadas; el interés común, definido. Apostar por la ampliación -como bien sabe Europa- se hace en detrimento de la profundización. Pero sin la participación de todos los países, la integración estaría herida de muerte. Cuando uno se juega su futuro se llena también de coraje.

Europa tenía mucha democracia y la está perdiendo. América Latina tenía poca y la está ganando. Por eso, Europa tiene miedo y América esperanza. ¿Despertará la izquierda europea? Cuanto antes lo haga, antes caminará junto a los pueblos suramericanos hacia esa emancipación social, política, cultural y medioambiental que es una, compartida por todos los pueblos, tan urgente.

Mientras la Europa que derrotó a las potencias del eje con la fuerza del antifascismo se abandona en su indolencia, la América que lucha contra el modelo neoliberal y confía en sus pueblo empieza a andar. Un continente sin armas nucleares, sin reyes, sin muros internos, sin invasiones ni bombardeos a otros países. Dijo Neruda que Bolívar resucita cada cien años. La última vez, recordó el poeta chileno, lo hizo en la España republicana que luchaba contra la barbarie de Franco. Ahora, Bolívar ha vuelto a su casa.

Por: Juan Carlos Monedero


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